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La dibujante de las
portadas de Harry Potter: Dolores Avedaño

Acaba de mudarse a un
coqueto tercer piso contrafrente en Barrio Norte, donde, a simple vista, no hay evidencias
de que allí, a 11.000 kilómetros de 4 Privet Drive, reside la madre adoptiva del más
rutilante de los personajes literarios de la era digital.
No, no se trata de la arbitraria señora Dursley, la pesadilla
terrenal del mago Harry. Sino de una muggle (ese ser anodino, desprovisto de poderes
mágicos) que esculpió en el imaginario de millones de niños y adultos de habla hispana
la fisonomía de un tal Harry, de apellido Potter. Y que a lo largo de los primeros cuatro
libros de la saga se zambulló en el más fantástico de los mundos hasta asirlo y
triturarlo en imágenes.
Abordar ese mundo no fue un viaje inédito para ella. Dolores
Avendaño creció escuchando a las hadas. Su propia fantasía empezó a dispararse a
partir del ritual de los relatos maternos: en las cabalgatas por los inextricables bosques
patagónicos, si una maraña de coihues crujía, no era el desdén del viento lamiendo
copas frondosas sino "las hadas que empezaban a abrir las ventanitas de sus
casas".
Con voz suave, casi inaudible, que la pinta muy tímida, Dolores
recuerda que sí, que todo comenzó allí, en los meses de verano, en ese lugar salpicado
de magia, muy cerca de Puerto Manzano, que era el campo de sus abuelos en Villa La
Angostura. -En la familia de mamá son todos bastante fantasiosos,
eso yo lo heredé... -dice-. Recuerdo, por ejemplo, que íbamos con ella y mis dos
hermanos al corral de los caballos, donde había un árbol enorme, con unas raíces
gigantes y allí mismo les hacíamos casitas a las hadas. Al día siguiente, volvíamos
corriendo para ver qué nos habían dejado ellas en agradecimiento... Sabía que los
regalos los ponía mamá, pero me encantaba mantener esa ilusión. Una ilusión que hoy,
con 33 años, no le es ajena a esta mujer menuda, que uno imagina día y noche ante un
enorme tablero de dibujo, aunque en realidad estemos frente a una atleta y maratonista.
-Ese mundo de fantasía es un poco parte de mi identidad -dice,
sentada sobre el piso de parquet en este verano sin tregua; la mirada como abstraída en
un manchón verde que se teje con enredaderas vecinas más allá de su ventana.
Si la magia de los relatos maternos caló hondo, también hizo lo
suyo una lujosa colección de libros antiguos sobre princesas, castillos y hadas de todas
partes del mundo, que su madre atesoraba como la más sagrada de sus pertenencias. Las
ilustraciones del inglés Arthur Rackham, que envolvía en vestidos de ensueño hasta a la
más ignota de las princesas, y del irlandés Edmund Dulac, un arquitecto exquisito para
imaginar castillos y pasadizos, la fascinaban.
-Las miraba 80 veces, no me cansaba. Me encantaban esas
ilustraciones porque sentía que al mirarlas yo podía ver y descifrar los sueños más
íntimos de sus autores. Ahí mismo, pensaba: Cuando sea grande quiero esto: recrear
éste... y otros mundos de fantasía posibles. Pero los sueños prestados un día se
agotaron, y Dolores se animó a explorar en los propios. Con un título de diseñadora
gráfica de la UBA, se estableció en Providence, un apacible pueblo universitario entre
Boston y Nueva York. Dos años y medio después, con un Bachelor´s Degree en Ilustración
de la Rhode School of Design trajinó las calles de Manhattan, provista de su carpeta de
bocetos, en busca de alguna oportunidad editorial.
-Fue increíble porque mi primera entrevista fue con la editorial
William Morrow (actualmente fusionada con Harper Collins). Cuando llegué, la sede era uno
de esos edificios gigantes y modernos, con 20 ascensores... Cuando la mujer que me
entrevistó empezó a mirar mi carpeta, llamó a su editora y me dijo: Tenemos un libro
para vos. Y ahí mismo firmé un contrato por 5 mil dólares... Al salir de allí,
caminaba por la sexta avenida, mordiendo mi paraguas para no gritar. Aquel primer libro se
llamó Halloween Nights, un ejemplar ilustrado en color, con escaso texto, en el cual
Dolores trabajó seis meses, con total libre albedrío.
Al ver ese ejemplar, ahora apoyado sobre una pila díscola de
libros sobre el piso (entre ellos, el de la 18 Mostra Internazionale D´ Illustrazione per
L' Infancia, que incluye sus trabajos para la actual muestra italiana, Le Immagini della
Fantasia) se reviven en uno las ganas de volver a ser chico.
Pero el punto de inflexión en la ascendente carrera, de esta
chica de clase media acomodada, egresada del Northlands, sobrevino a partir de una
experiencia personal, que le mostró que cualquier sueño puede hacerse realidad.
-Me contrataron como ilustradora para la inauguración de un
nuevo local de Mac Kenzie-Childs, en Madison Ave. Es un tipo de negocio muy, muy caro que
se dedica a concretar las ideas más locas en materia de decoración. Mientras trabajaba
para ellos, vivía en la casa de los dueños, en Aurora, upstate New York... Su casa era
como Alicia en el país de las maravillas, un laberinto... Tenían, por ejemplo, una
puertita chiquitita que salía a una escalera, en la cual debías agacharte y retorcerte
toda para poder subirla. Al llegar arriba, salías a un cuarto enorme con una cama
gigante, de 3 por 3. Enfrente, tenían un ropero espejado. Y al abrir la puerta del medio,
desembocabas en otro pasillo, conectado a un enorme cuarto de vestir, forrado
íntegramente con botones de distintos tipos. Si seguías un poco más por ese pasillo,
bajaba otra escalera que salía al ropero de otros dos cuartos; es decir, pasabas entre la
ropa colgada de otros. Y en uno de esos cuartos había otro ropero donde al abrirlo, te
encontrabas con el inodoro... Eran excentricidades de gente muy creativa, si querés. Pero
estar ahí y ver eso, te soltaba muchísimo. Y personalmente, a mí me dio un gran empuje
para animarme a soñar más, a ir un poco más lejos. De vuelta en Buenos Aires tuvo otro
pedido de William Morrow. A Cats & Robbers le siguió un cuento ilustrado para Emecé:
Sufridor, de Louis Bruhnke, que narra la travesía continental del autor, que trajinó a
caballo desde Ushuaia hasta Alaska. Sufridor fue el caballo que sobrevivió a la aventura.
Satisfecha con el resultado, la editorial le encargó la tapa de otro título, que por
entonces era sólo un libro más dentro del catálogo infantil: Harry Potter y la piedra
filosofal.
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