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LÁGRIMAS
INTERNAS
Neville Longbottom siempre había sido un chico de lo más corriente. Tenía el pelo
castaño, al igual que sus ojos y una graciosa cara redonda, además de ser bajito.
Estaba de pie, en el pasillo paralelo al de la clase de Defensa contra las Artes oscuras.
Aunque se lo hubieran dicho con antelación, nada lo hubiera preparado para ello. El era
algo cobarde, si, lo reconocía, pero al ver a esa araña retorciéndose sobre la mesa de
Moody tras lanzarle la maldición cruciatus había sido superior a sus fuerzas.
Desde que sus abuelos le confesaron el estado de sus padres, se había intentado imaginar,
al menos hacerse a la idea, de cómo pudieron llegar a esa situación. Se imaginó a su
padre y a su madre, gritando, mientras aquellos horrorosos mortífagos los torturaban
intentando extraerle alguna información sobre el que no debe ser nombrado.
-Neville...-le llamó una suave voz.
Arrancado repentinamente de sus pensamientos, elevó la vista y se encontró con la
preocupada mirada de Hermione seguida por Harry y Ron. Había estado tan volcado en sus
memorias que no se había percatado de que ellos se habían acercado a él.
-Ah, hola.-respondió con nerviosismo provocando que su voz sonara más aguda de lo
normal-Que clase tan interesante, ¿verdad?.-se cayó durante una milésima de segundo,
hablar de la clase le dolía tanto como recordar la espantosa imagen de la araña-Me
pregunto qué habrá para cenar, porque... porque me muero de hambre, ¿vosotros no?.-dijo
lo primero que se le vino a la cabeza. Lo último que le faltaba para completar el día
era que Hermione, Harry y Ron comenzaran a sentir compasión de él.
-Neville, ¿estás bien?.-replicó ella con un tono de preocupación.
-Si, si, claro, estoy bien.-la voz aumentó de volumen en contra de su voluntad-Una cena
muy interesante...clase, quiero decir...¿qué habrá para cenar?.-sentía que las cosas
se le escapaban de las manos. Querían que se fueran, deseaba que se marcharan, imploraba
que lo dejaran solo.
-Neville, ¿qué...?.
Ella no terminó la frase, tras de ellos sonaron unos golpes secos. Elevó la mirada y
sintió como se le paraba el corazón al ver a Ojoloco Moody acercarse a ellos.
-No te preocupes, hijo.-le dijo con un tono suave, algo inusual en él. Sintió como se le
revolvían las tripas-¿Por qué no me acompañas a mi despacho?. Ven...tomaremos una taza
de té.
Se quedó paralizado mientras Moody posaba su mano sobre su hombro. ¿Hablar con Ojoloco
Moody?,¿por qué?,¿de qué le iba a servir?.
-Tú estás bien, ¿no, Potter?.-añadió volviendo su ojo mágico hacia Harry.
-Si.-contestó secamente.
-Tenéis que saber. Puedo parecer duro, pero tenéis que saber. No sirve de nada hacer
como que...bueno...Vamos, Longbottom, tengo algunos libros que podrían interesarte.
Neville los miró implorante. En el fondo, Ojoloco Moody le causaba tanto miedo como
Severus Snape, el profesor de pociones, quien parecía disfrutar cada vez que él quemaba
un caldero o se equivocaba en algún ingrediente.
Ninguno de los tres dijo nada, y él era demasiado callado como para replicarle a un
profesor. No dijo palabra mientras subían escaleras. No sabía hacia donde lo llevaba
pero deseaba poder marcharse a su habitación y quedarse allí, a solas, como siempre lo
había echo cada vez que se sentía mal.
De pronto dejaron de subir y entraron en un pequeño despacho. Neville lo observó con
detenimiento mientras Moody le hacía pasar al interior de la habitación. Vio un montón
de objetos a los que no les encontraba utilidad. Unos extraños espejos, unas especies de
peonzas de metal...
-Siéntate.-le dijo mientras le acomodaba en un sillón, frente a su escritorio lleno de
papeles y manchas de tinta-Perdona el desorden, no he tenido tiempo.
-N-no pasa nada.-dijo casi en un hilo de voz. Se encogió en el asiento mientras el
profesor le miraba inquisitivamente con ambos ojos. Era como si le estuvieran haciendo una
radiografía, como si, incluso, pudiera a llegar a leer lo que estaba pensando en ese
mismo momento.
Moody se levantó sin mediar palabra y se dirigió al otro lado del salón para comenzar a
preparar el té. Neville se estaba cansando de aquella situación. Lo único que quería
es que Moody le dejara marcharse a su habitación. Quería estar solo, quería dormir,
quería...quería...ni si quiera tenía claro que era lo que quería. Se sentía tan
angustiado, tan deprimido, tan...tan solo, sin tener a nadie a quien confesar, sin
vergüenza o miedo, todos sus temores.
-Ten Longbottom.-le dijo sirviéndole una taza de té.
-Gra-gracias.-dijo suavemente mientras cogía la humeante taza y un fuerte olor a hierbas
le penetró por la nariz. Sin dar ningún sorbo al té añadió, mirando fijamente al
suelo-Esto...¿qu-quería hablar conmigo...profesor?.-dijo intentando que su voz dejara de
sonar tan aguda.
-Quería...preguntarte Longbottom, ¿qué te ha parecido mi clase?.-dijo como quien no
quiere la cosa.
Neville sintió como si el corazón se le encogiera del pánico al recordar la repulsiva
escena de la araña. Intentó, con todas sus fuerzas, apartar esa imagen de su cabeza
antes de responder para que su voz no flaqueara.
-Mu-muy interesante...-incontroladamente, las manos le comenzaron a temblar con violencia
por lo que, disimuladamente, soltó la taza y las cruzó sobre su regazo.
-¿Por qué estás tan nervioso?.-le dijo con suavidad.
-No estoy nervioso.-dijo atropelladamente mientras la voz se le quebraba y la imagen de la
araña volvía a su cabeza. Pero esta vez no veía a la araña, si no a su padre y a su
madre, chillando, llorando del dolor mientras se revolcaban en el suelo y unas potentes y
frías risas resonaban mezclándose con sus gritos.
-Hijo...se perfectamente por lo que estás pasando, aunque sea un simple auror, al igual
que tu padre, soy capaz de ponerme en el lugar de los demás.-Neville elevó su cabeza y
Moody clavó sus dos ojos, tanto el mágico como el normal, en los suyos impidiéndole que
apartara la vista-Como en mi cara, todo el mundo llevamos cicatrices, unas internas y
otras externas; aunque, eso si, unas están completamente curadas...y otras no.-no pudo
evitarlo, sentía que se le empañaban los ojos en contra de su voluntad, que la garganta
comenzaba a arderle y que el labio inferior le comenzaba a temblar-Longbottom, tu herida
es muy difícil de curar puesto que solo te la puedes sanar tu solo. Claro tiene que estar
que, el que tengas que superar esto, no significa que no tengas derecho a desahogarte y
expulsar esa tensión que se acumula durante tantos años al revivir la misma historia una
y otra vez.
Recordó todas las veces que había ido a visitar a sus padres durante las vacaciones. Por
mucho que les decían que lo miraran bien, que lo observaran detenidamente, no le
reconocían mientras deliraban y murmuraban cosas sin sentido alguno, con la mirada
perdida, sin vida, desvanecida en una oscuridad indescriptible.
Sintió como una lágrima rodó por su mejilla. Intentó secársela, pero tras esa surgió
otra, y otra, y otra...Enormes lágrimas se deslizaban empapando su redonda cara mientras
intentaba ocultar el rostro entre sus manos e insistía en disimular los sollozos que cada
vez se estaban haciendo más evidentes.
-Si necesitas llorar...llora.-le susurró Ojoloco Moody sentándose a su lado y posando su
huesuda mano en el hombro del joven.
Neville no pudo aguantarlo más, se sentía tan hundido, tan débil, tan solo...que no
pudo evitar dejarse llevar por la depresión. Con la cara oculta entre sus manos, comenzó
a llorar como jamás lo había echo. Gruesas y saladas lágrimas comenzaban a mojar su
túnica casi sin que se diera cuenta y los sollozos iban aumentando de volumen mientras el
profesor le acariciaba con suavidad el hombro.
A su mente iban y venían una y otra vez la imagen de la araña, retorciéndose sobre la
mesa del profesor, los delirios de su madre, la absorta mirada sin vida de su padre...todo
comenzó a caer sobre él como una pesada piedra de la que únicamente se podría liberar
de aquella manera, llorando.
Perdió la noción del tiempo. Ya no lloraba, pero se sentía extraordinariamente cansado,
como si acabara de recorrer varios kilómetros. Le escocían los ojos y se le nublaba la
vista a la más mínima. De pronto sintió como Moody se levantaba, iba a una estantería
y volvía con un libro entre sus brazos.
-Toma Longbottom.-le dijo mientras le tendía el libro-estoy seguro de que te va a gustar.
La profesora Sprout me ha contado que eres un excelente estudiante en Herbología.
Sonrió; se sorprendió incluso a si mismo, pero sonrió. Hacía tanto tiempo que no
sonreía de aquella manera, sin preocupaciones, sin falsedad, sin necesidad de hacer
esfuerzos para ocultar un dolor que necesitaba expulsar; para él fue casi como una
bendición. Extendió su mano y agarró el libro. Lo examinó y leyó la portada:
-"Las plantas acuáticas mágicas del Mediterráneo y sus propiedades".-leyó
para si.
-Puedes quedártelo.-exclamó de pronto haciendo que Neville elevara la mirada y lo
observara aturdido con sus enrojecidos ojos-Creo que a ti te será de más utilidad que a
mi.
-Gra-gracias...profesor...-le dijo con la voz apagada mientras él le ayudaba a
levantarse.
Se dejó caer en la cama, cansado, mientras volvía a observar detenidamente el libro.
Aquella charla con el profesor Moody le había ayudado más de lo que hubiera esperado.
Por explicarlo de alguna manera (no habría encontrado otras palabras más exactas) era
como si le acabaran de arrancar algo de dentro, como un veneno que lo hubiera estado
torturando desde el mismo momento en el que se enteró de que sus padres estaban vivos, de
que se encontraban enfermos, ingresados en el Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas
Mágicas.
Cruzó las piernas sobre su cama, apoyó el libro sobre éstas y comenzó a leer. Era una
sensación extraña, como si acabara de despertarse de un sueño y le hubieran
desbloqueado el cerebro. Inmerso en su lectura, se sobresaltó cuando escuchó una voz en
frente suya. Incluso, hasta unos segundos después, se dio cuenta de que se le había
olvidado hasta de bajar a cenar.
-¿Estás bien, Neville?.-le preguntó Harry clavando sus ojos verdes, por un instante, en
los suyos.
-Si, si, estoy bien, gracias.-respondió desviando su mirada para que no se fijara en sus
enrojecidos ojos-Estoy leyendo un libro que me ha dejado el profesor Moody...-les enseñó
el libro con cuidado de no perder la página por al que estaba leyendo-Parece que la
profesora Sprout le ha dicho al profesor Moody que soy muy bueno en Herbología. Pensó
que me gustaría éste libro.
En el fondo se sentía incluso orgulloso del halago del profesor Moody; y se sonrojó
cuando Harry le miró complacido, indudablemente por verle en mejor estado que cuando
abandonó el aula de Defensa contra las Artes Oscuras.
Tras despedirse, buscó algo con que marcar el libro y lo puso en la página donde estaba
leyendo. Le entró mucho sueño y prefirió dormirse en ese momento: en el que aún no
habían subido sus compañeros para acostarse. No es que le desagradara hablar con ellos,
pero en ese momento no le apetecía, prefería dormir ya que, para él, siempre había
sido la única manera de apartar todos los problemas de su mente.
Estuvo dando vueltas durante un largo rato (eso si, estando extraordinariamente quieto
cuando entraba alguno de sus amigos para descansar) pensando en todo lo que Ojoloco Moody
le había dicho para animarle a que llorara, a que se desahogara y expulsara de una vez
todo ese dolor y sufrimiento que tenía guardado en su interior.
Todos se habían dormido ya, incluso Harry y Ron según los oyó entrar. Pensó en como
serían sus padres, que tipos de personas serían si recuperaran la cordura. Casi sin
darse cuenta se quedó dormido mientras en su mente vio reflejada multitud de imágenes a
las que, en gran parte, no lograba distinguir.
De pronto, apareció una bella mujer, alta, esbelta que le sonreía a la salida de un
hospital. A su lado se hallaba un hombre, bajito y con la cara redonda al igual que él.
Su madre lloraba mientras le observaba. Lloraba y sonreía a la par que su padre, a su
lado, le miraba con ternura y nostalgia mientras dos gruesas lágrimas asomaban por sus
brillantes ojos.
-Neville...-susurró su padre mientras lo abrazaba.
-Mi niño, mi hijo...-repetía su madre entre sollozos mientras lo aferraba.
Él también comenzó a llorar mientras sentía los cálidos besos de su madre y el fuerte
abrazo de su padre.
Sin que nadie se percatara, lejos de los sueños de Neville, en la realidad, una última y
pequeña lágrima resbaló por su mejilla mojando su limpia almohada mientras susurraba en
el silencio de la noche:
-Mamá...papá...
FIN
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